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Divague: Revista de ensayo literario | «¡Como así me lo quiero!»

«¡Como así me lo quiero!»

Así me lo quiero B

Fotografía de Fernando Osuna.

Por Rubén Roa Encarnación

La decisión de cortarme el cabello siempre implica, para mí, una aguda crisis. Por lo que prefiero posponerla hasta el momento en que los pelos se me meten por las orejas y las cejas se arquean sobre mis párpados con el aspecto de palmeras mojadas, causando la hilaridad y el regocijo de los que me conocen. En fin, llegado el momento y después de haber postergado la visita, tomando en consideración lo que le sucedió a Sansón, me encamino hacia la «estética» —como ahora se les denomina a las peluquerías y a los salones de belleza. Son unisex (¿?).

Encontré un lugar en el que una muchacha, cuyo rostro es casi infantil aunque mantiene una aura de inteligencia y serenidad, se permite llevar a cabo su faena (cortar, pintar, rizar), sostener una conversación (acerca de la edad, la agudeza del sentido del olfato, o la novela El Perfume) y sonreír amablemente al preguntarme si estoy de acuerdo con su trabajo.

Es casi una casualidad o un golpe de suerte encontrar quién sepa cortar la cabellera adecuadamente. Los pelos regularmente cortados se acomodan armoniosamente sobre la cabeza y no muestran irregularidades que los lancen al precipicio de la desobediencia; formando, cuando menos, un conjunto ordenado.

Me empiezo a sentir más cómodo conforme mi amiga avanza en su trabajo y nuestra conversación se desarrolla sin contratiempos. Están también la atención y los oídos aguzados de sus compañeras de oficio que se preguntan cómo es que me tomo tanta confianza al preguntarle sobre asuntos que caen dentro del ámbito personal: «¿Entonces, con usted, eso de la infidelidad es casi imposible?».

[Ya se sabe que el olfato es un buen radar para pillar a un traidor o a un infiel. Me temo que es mejor usado por las mujeres que por los hombres, aunque lo que ellas huelen, creo, es el miedo que transpiramos después de haber cometido una falta]

Me había parecido siempre una pérdida de tiempo el cortarse el cabello. Ahora lo veo como algo necesario y hasta placentero. La parte superior de nuestro cuerpo: desde los hombros hasta la coronilla (la parte de la cabeza más alejada de nuestra frente) viene a ser como nuestra carta de presentación. Por lo tanto, pensando en la clase de impresión que deseamos dejar en nuestros interlocutores, a lo que sea que se dediquen, arreglamos nuestras cabezas.

Por eso puedo referir varios estilos: de «casquito» para los soldados (cuya obligación es mantener el cabello muy corto); el de la esposa semiabandonada, que parece buscar la atención de aquel a quien ha perdido; los de las meretrices solicitantes de parroquianos que pierdan la cabeza; adolescentes en busca de identidad; políticos de copete tras una candidatura presidencial. En tiempos recientes, me parece que un gran número de varones y mujeres han optado por cortarse el pelo a rape: es barato, ahorra tiempo, y, en climas cálidos, es agradable.

Estoy escuchando un concierto para piano de Mozart y viene a mi memoria la exageración en los peinados que lucían en Europa durante los siglos XVII y XVIII. Únicamente el 20 por ciento de la población usaba estas pelucas, el resto no podía costearlas; en ocasiones alcanzaban entre 80 y 100 centímetros de altura.

El barroco se manifestó en las cabezas con peinados (escenarios teatrales, barcos, arreglos florales) sostenidos con andamiajes que los hacían durar semanas. Ya se deduce de lo anterior que no era posible una limpieza adecuada los perfumes alcanzaron un desarrollo considerable en la época y los peinados, a fuerza de conservarse útiles tanto tiempo, fueron tierra fértil para la proliferación de parásitos. Europa era entonces la avanzada de la sociedad Occidental, antes de la Revolución Francesa. Con el uso de la guillotina no sólo se descoyuntaron las cabezas, sino que los peinados lo hicieron también. La burguesía introdujo una nueva época en el gusto por los peinados y el corte de pelo.

Si miramos más atrás, digamos en la época de los faraones, nos damos cuenta de que la forma del peinado estaba relacionada con la dignidad del personaje que lo portaba. Isis se hizo famosa (con sus ojos almendrados, por sus rasgos de líneas rectas y ángulos de 45 grados que en su rostro dan la apariencia de sencillez y sabiduría), por su corte de pelo: una cortinilla que cae escrupulosamente, cubriéndole los oídos y que corre alrededor de su cuello y envuelve la nuca. Parece que Cleopatra participó también en el estilo faraónico, si así lo podemos llamar…

Los estilos griego y romano fueron más sencillos: en ellos se mezclaron cintas de colores y abalorios que hacían lucir más el pelo de las mujeres. Los hombres, por su parte, llevaban el cabello sin muchas complicaciones, privilegiando el aspecto de comodidad y uso sobre su condición estética. La  condición natural del tejido piloso ha determinado su abundancia en el sexo femenino y una menor cantidad en su opuesto. En ocasiones, esta condición llega a determinar su total ausencia. Esto provoca verdaderos cuestionamientos: crisis de identidad, sentimientos de inseguridad, problemas de autoestima para los varones que lo viven… aunque para algunos es sólo un accidente sin mayor trascendencia. Me ha tocado escuchar que para las mujeres la calvicie en los varones es un motivo de atracción.

La cabeza manifiesta estados especiales que le dan una connotación única. Es, también, un símbolo de los logros alcanzados por la civilización: algunos bustos hacen descansar sobre sus hombros cabezas ilustres que podemos clasificar de acuerdo a las aportaciones que hicieron: científicos, filósofos, músicos, militares, artistas…

En fin, que una cabeza bien puesta es señal de progreso y justicia, y no sólo eso. Mientras que una cabeza que rueda es señal de violencia, impotencia y totalitarismo. Por eso, la mejor respuesta a las cabezas degolladas es la libertad, la democracia y no una respuesta de ojo por ojo y diente por diente.

Hoy volví a la estética, me atendió la compañera de mí amiga. Este lugar me acomoda muy bien. He logrado un buen nivel de comunicación con las tres mujeres que me cortan el cabello. Las tres son casadas pero menos que maduras, en un punto de sensualidad muy agradable.

La que en esta ocasión me atendió es bajita, tiene el pelo largo, rizado y negro. Casi siempre viste pantaloncitos cortos, entallados en las piernas que danzan a mí alrededor mientras dura el corte de pelo. Tiene una voz un poco ronca que deja caer las sílabas como pequeñas piedras redondas que golpearan la madera.

Hablamos de cosas sencillas: «Que rápido le crece el pelo», «¿Con qué número de navaja le corto: 3 o 4?», «¿Corto las cejas y el bigote?». De estas preguntas pasamos a otras: le pregunto por su padre (que debe de tener mi edad), su salud, su alimentación, los efectos que causa el consumo del cigarro en la piel: «Resequedad» me responde sin dudarlo—, su tía dejó de fumar y su piel recuperó algo de su lozanía original.

En esta parte de nuestra conversación arribó una clienta que, después de mirar una revista en la que aparecía la primera dama de este país, con el rostro iluminado lanzó una exclamación: «¡Como así me lo quiero!».