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Divague: Revista de ensayo literario | Camarita, pivote y rin: ensayos sobre futbol

Camarita, pivote y rin: ensayos sobre futbol

Equipo de fútbol-Bibliographos

Camarita, pivote y rin: ensayos sobre futbol[ref]Alguna vez jugué para una filial de las Chivas, allá por Indios Verdes, en el Distrito Federal. Hacia el final de los entrenamientos, cuando era momento del interescuadras, el Archie y el Bruce Lee, los líderes del equipo, delantero y defensa central respectivamente, nos asignaban un equipo y una posición en particular; cuando ambos estaban de acuerdo con la repartición, cerraban el trato con un camarita, pivote y rin: que se arme.[/ref]

Por Eduardo Aguirre

Me informan que hay un balón rompido en la cancha.
Ricardo Peláez

Por estos días voy convenciéndome de que persuadir a alguien de la importancia del soccer estriba, por lo general, en un ridículo innecesario. Nada más complicado, acaso imposible, que explicar las aficiones de uno a través de la teoría o la pasión, sobre todo si dichas aficiones son certezas personalísimas e inaccesibles para quienes no lo han comprendido ya por cuenta propia.

El futbol —tiene razón Villoro—, es una historia que se cuenta por sí misma; contiene su propia épica, tragedia y comedia. Conforme transcurren los noventa minutos, la trama va construyéndose en vivo y sin la necesidad de un locutor que nos venga a decir lo que está pasando (aunque hay aficionados que dejan al locutor construirla: pésima elección, pues el espectador va desarrollando la incapacidad de detectar un tiro de esquina hasta que el Perro Bermúdez lo dictamine). ¿Qué se puede decir o hacer con un acontecimiento que ya está siendo narrado por sus propios actores? Nada, absolutamente nada, salvo una cosa: intentar llevar el soccer a la cotidianidad, regresarle su estatuto de cascarita e imaginar que determina nuestro accionar diario. Por lo menos así conciben los autores que han dedicado tiempo a su análisis, a mi parecer opiniones chaparritas que poco o nada tiene que ver con el futbol en realidad.

Se escribe de soccer desde los lugares comunes, desde observaciones gastadas y usadísimas por quienes se atreven a hablar de él. La bibliografía futbolística parece un universo que apenas va edificándose. La manera en que los autores van dando cuenta de su gusto por el deporte es meramente circunstancial y anecdótica: no falta quien recuerde que Camus aprendió de moral por medio del soccer, o que Nabokov fue portero, o que Borges lo odiaba, primero, porque de niño le rompieron los lentes de un balonazo; y, segundo, porque es un deporte que degrada en reyertas patrióticas y beligerantes. Los libros de Marías, Montalbán, Sacheri, entre otros, muestran lo espinoso que es inmiscuirse en asuntos futbolísticos, sobre todo si un partido, el que sea, dirá mucho más que lo que pueda opinar cualquiera estratega literario.

A diferencia del amor, los sueños, la mente, la culpa, la nada, los objetos, el tiempo, etcétera, pareciera que el soccer no permite un análisis más allá del que impone el balón. Entonces, el escritor tiene que adelantarse a fenómenos en donde el balón es mudo y no rueda, por ejemplo, el festejo de un gol, el carácter de un equipo, la mentalidad de un jugador, la historia del árbitro, la crítica a los periodistas, el manejo táctico del entrenador, los patrocinadores, los dueños y sus despilfarros monetarios, la vida sexual del Chicharito… En México son pocos los autores que escriben sobre soccer, sin incluir ni a cuentistas ni a novelistas —fanáticos jactanciosos que utilizan al soccer como escenario—, pues en lugar de afrontar la pasión del juego, aprovechan la temperatura del futbol para narrar la historia de dos amigos en París, o el asesinato misterioso de una mujer en un suburbio argentino.

El futbol lo explica todo, pero nada explica al futbol. La literatura futbolística podría resumirse en una extraña tendencia a trasladar el soccer a otros acontecimientos de la vida, cuando, en realidad, si se pretende hablar de futbol, tendría que ser al revés. Con el soccer no sucede así puesto que en un partido, los veintidós troncos en trance de sublevación (como alguna vez los denominó Villoro; veinticinco si incluimos al árbitro y a los abanderados) son observación, hipótesis, ley y teoría al mismo tiempo.

El fútbol no es ni la mano del Diego ni las convulsiones de Ronaldo ni la joroba de Cuauhtémoc. Pero si la literatura (o sus representantes) no establece esos lindes, se corre un mayor peligro: dejarlo en manos de los comentaristas.

 

El chico maravilla

Al tirar el cuarto penal contra Argentina, en los cuartos de final de la copa del mundo de Francia 98, tras colocarlo en el ángulo superior izquierdo, Michael Owen regresó trotando a la media cancha frotándose las manos, saboreándose lo que se venía. Owen no festejaba lo que parecía una inminente victoria inglesa (que a la postre perdieron 4-3), sino el futuro que ese gol prometía; un futuro que, por cierto, jamás sucedió.

Le apodaron el Chico Maravilla por tener dieciocho años, ser un romperedes de la Premier League, delantero titular de su selección, mejor jugador joven en 1998, premio PFA al jugador joven del año, Balón de Oro en 2001, jugador FIFA 100 en el año 2000, y premio World Soccer al mejor jugador del mundo en 2001; además, ayudó al Liverpool a ganar cinco trofeos en una temporada, hazaña que el equipo no conseguía desde los años setenta.

Las especulaciones en cuanto al éxito de Owen eran imparables; pero así de imparables fueron también sus lesiones. En 2003 fichó para el Real Madrid, donde permaneció en la banca la mayoría del tiempo, entrando de vez en vez a salvar un partido perdido. Durante su estadía en el Bernabéu, compartió campo con Zidane, con Ronaldo, con Beckham, Raúl, Fierro; vaya, con la primera generación de Los Galácticos del Real Madrid.

Michael Owen duró siendo chico y maravilla cuatro años, nada más. Después del Real Madrid no fue ninguno de los dos. Vagó por equipos de renombre a los cuales llegaba siendo lo que siempre fue: una promesa a punto de alcanzar madurez. En los últimos diez años no ha igualado siquiera los goles que consiguió con el Liverpool en una sola temporada. Su error fue haber sido joven promesa, pues la juventud es un halago que se va pronto, y un jugador debe poseer otros talentos aparte de la corta edad.

Apenas ayer, en un partido irrelevante de equipos de media tabla, Owen falló un penal, un penal igual de irrelevante que el partido, pues su equipo ya perdía por diferencia de tres goles a pocos minutos del final. El Chico Maravilla colocó la palma de su mano derecha en la frente mientras negaba con la cabeza; se trataba del gesto que resumía su paso por el soccer. Y yo no pude más que lamentarme con él, pues hace quince años las manos nos las frotábamos los dos, cada quien en su equipo.

 

Futbol en la radio

Para mí está clarísimo: uno sabe que está en el estadio cuando camina por los túneles que conectan hacia la tribuna. No encuentro sensación comparable al primer atisbo de verde: ni los cánticos, ni la jerarquía del encuentro, ni mi afición por el equipo, ni el sonido local. Toda vez que uno haya anidado en la zona correspondiente, lo último que sucede es un partido. Los aficionados no saben explicar su gusto por el deporte pues descubren que su opinión bien pudiera aplicarse a cualquier otra afición, de tal manera que las razones por las que uno le tiene cariño al soccer quizá estén en otra parte. El futbol es, ante todo y sobre todo, lo que imaginamos que es. Rara vez consigue una exhibición proporcional a las ensoñaciones del aficionado, que por lo general se encuentra enfurecido, pues el rumbo que va tomando la historia hace caso omiso de sus sugerencias (y cómo no va a estarlo, si cree con vehemencia que él podría transformarse en el héroe que la cuita exige). Lo que el aficionado lamenta tanto es que un partido no sea un partido, sino la corroboración de su arsenal teórico forjado a la luz de sus cascaritas, conocimiento callejero que circunscribe su entendimiento del deporte.

El ejercicio de imaginación toma betas distintas cuando uno no está dentro del estadio, siendo necesario que alguien más la administre. Sin embargo, hay quienes desconfían de su cordura y cargan un viejo y maltratado aparatejo que les permite sintonizar AM: ¿a qué clase de experiencia psicotizante se somete un aficionado que escucha su voz, la del locutor, y la del balón? Tres versiones simultáneas sobre un hecho terminan por subordinarlo a los resúmenes deportivos del domingo, aferrado a ratificar que su juicio es compartido. De este modo, me parece que en el soccer no hay partidos en vivo, y, aunque Galeano sostenga lo contrario, cada partido de futbol contiene la memoria de todos los encuentros anteriores jugados, vistos y platicados. De ahí que sólo se pueda ver futbol por primera vez la primera vez que se vio, pues para el verdadero apasionado del soccer, para el auténtico pambolero, el futbol ya está dicho antes de siquiera considerar presentarse al encuentro. Asistir al estadio es sólo un esfuerzo tímido por reformularlo.

 

El barça llanero

Cualquiera que sea el lugar que enfrenta a dos equipos tiende a ser ruidoso. Alguna vez Valdano dijo que no había cosa más triste que un estadio vacío. Habría que ver: a mi parecer, el carácter imponente del Estadio Azteca —atributo caduco en comparación con las edificaciones asiáticas y europeas—, se triplica cuando está en silencio; aunque es cierto que el tumulto, donde sea que esté y lo que sea que esté haciendo, genera el bullicio de acuerdo a la temperatura del evento que los convoca. Tengo por seguro, como todos, que un estadio argentino entiende el concepto de apoyo incondicional mediante gritos que ansían ser canciones. Comprendo también, como todos, que el griterío monta la atmósfera idónea para los próximos noventa minutos, pero para el jugador no, que sabe lo terrible y odioso de las porras, ya sea porque el ánimo entusiasta del fanático sobrepasa el talento del futbolista o porque básicamente a nadie le gusta lidiar con proliferaciones de violencia y maldad con respecto a su profesión: «¡Zague!¡Zague! ¡Regrésate a cuidar a tus nietos, cabrón!»; «¡Booofo, chingas a tu madre. Booofo, Booofo, Booofo, chingas a tu madreee»; «¡Oswaldo, sigue cenando, culero, síguele, pinche marrano asqueroso!». El futbolista no tiene manera de apartar la algarabía de la tribuna. Valdano aseveró lo del estadio vacío cuando ya estaba retirado. Siendo jugador tendría una opinión distinta, pues uno trabaja mejor cuando nadie lo está viendo.

Será porque uno nada más espera la aparición de los goles que se pierde del funcionamiento de un equipo. Y es que la gran mayoría del tiempo se cree —uno quiere creer— que cada movimiento incumbe a una decisión táctica previamente planeada. En el futbol amateur, se sabe, los estratagemas, si es que los hay, se estipulan conforme el partido va avanzando (motivo fuertísimo para simpatizar con un equipo: la improvisación). Pero los hallazgos ocurren de formas insospechadas: aquel sábado, hace no tanto, quedé cautivado con la forma de jugar de siete jóvenes que sin dirigirse una sola palabra destrozaron al contrario. Los observé con atención; noté que ninguno se decía nada; se movían con la mayor libertad por la cancha, con orden impecable; trazos precisos, a ciegas, sabiendo que el compañero seguramente estaría ahí para continuar con la jugada. Pregunté los pormenores del equipo. Los espectadores —los poquitos espectadores que hay para un partido amateur un sábado a las dos de la tarde— comentaron que eran los campeones de la liga matutina, que recientemente le habían arrebatado el título a los de la Bonafont. El silencio del encuentro era perturbador. ¿Cómo, en qué momento, un equipo de futbol no se inmuta por sus anotaciones? ¿En qué momento el festejo del gol se limita a un discreto abrazo grupal? ¿Cuándo, en la historia del fútbol barrial, los reclamos entre compañeros suceden con ademanes ininteligibles? Sólo en el equipo del DIF Zapopan, el equipo de sordomudos del DIF Zapopan.

A raíz de aquella extrañeza, concluí que no me considero afortunado de mi contemporaneidad, especialmente en cuanto a sucesos deportivos, con excepción de uno: pertenezco a la época del Barcelona de Pep Guardiola, el cual he visto a fondo sin dejar de maravillarme un instante con su propuesta futbolística, por cierto, descifrada (o desdeñada) rápidamente por vericuetos periodísticos como el parado táctico o el análisis de las capacidades individuales de sus jugadores, o las intenciones ofensivas de su cuerpo técnico.

Puesto que el soccer, por su naturaleza caótica, es un deporte escandaloso, sospecho que la desaparición de dos sentidos exige a sus jugadores la invención de capacidades telepáticas. Para ser el Barcelona —un equipo, cabe destacar, que ingenió una nueva manera de jugar futbol; anteriormente sólo los brasileños y los italianos lo habían hecho—, en aras de siquiera acercarnos a la posible deducción de su fórmula, acaso habríamos de comprender el soccer imponiéndonos una sordera y mutismo totales, anhelando en dicho intento, qué duda cabe, jugar como ellos: un equipo que se gobierna solo: el sueño de toda cáscara.