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Divague: Revista de ensayo literario | Balances al desnudo

Balances al desnudo

Sex-BorjaPor Francisco Méndez

Sostengo que la calvicie sólo le importa a los calvos o a los que temen llegar a serlo —me refiero, como un tema capital— bueno… ¿importante, tal vez? ¿Qué es la alopecia para los de abundante cabello? ¿Será un asunto curioso, de morbo? A una orilla del lago, los de cabello, en la otra, nosotros. Una ligera distancia, una insignificante diferencia que sólo puede ser evaluada por aquel que arribe a la orilla. Los que habitan a un lado y al otro no están intranquilos, el hecho no sucedido o ya consumado nos deja en tierra firme con nuestras propias certezas.

Pérdidas y desencuentros

Uno vive tanto tiempo mirándose al espejo, peinando, acomodando —porque yo tuve abundante y largo cabello— ¿es que piensan que toda mi vida padecí falta de cobijo en la parte superior de la cabeza?

Nunca fui cuidadoso con mi cabello, incluso nunca me esmeré en el peinado, mi cabello me era útil pero no había reciprocidad: tal como en las relaciones desiguales, hasta que uno revienta y deja al otro. A pesar de los indicios de pérdida, no haría nada exagerado por detener su retirada, sólo remedios naturales, nada tan estúpido como para avergonzarme.

Un compañero de la universidad, años después de haber egresado, me invitó a la injerción, me hizo falta bastante vanidad y un poco más de dinero para ello.  ¿Operarme por estética? ¡Nunca! (espero). Por pura curiosidad: ¿Cuánto cuesta el chistecito?

Los hijos de padres alopécicos no queremos admitir que iremos perdiendo el cabello, motivo de esa inconciente y latente circunstancia, gustamos de dejar el cabello largo como burla al destino, como bebiendo a bocanadas el licor que, precisamente sabiéndolo, ha de escasear en algún momento.

Mi padre tenía seis hermanos, dos de ellos no eran calvos, lo que representaba menos de 20 por ciento de posibilidades de no perder el cabello, además —decía yo— cuando ese momento llegue, de seguro la tía Maevans se habrá dejado de pendejadas y su champú funcionará.  Mis padres sólo tuvieron dos hijos, una mujer y un hombre; creo que las probabilidades se jodieron en mi caso.

El cabello es importante: te cubre del frío, resguarda las orejas o cuando menos su periferia cuando el viento gélido te susurra, evita que las ligeras gotas de una llovizna te mojen directamente el cuero. Es incómoda esa brisa, es como si alguien comiera, hablara y salpicara al abrir la boca, mejor que moje de una vez y que no moleste como lo hace una ramita en la oreja. Qué decir del sol sobre el casco descubierto, pero para esto y lo que me haga falta están los sombreros, las cachuchas, las boinas y los gorros. Con ello ¿a quién diablos le importa el cabello ondulado, lacio, sedoso, castaño? A mí. Pero mejor para acariciarlo en una mujer.

El cabello es más que una protección contra el medio ambiente, es un ardid frente a la sociedad, una expresión, una aptitud, una persona, un absurdo, hasta un exceso torpe. Era para una cosa y en la parafernalia se ha transformado tanto que su ausencia no es la nada.

¿Qué siente alguien que va perdiendo el cabello? Creo recordar el temor: tener poco cabello sería como una transición, un duelo, aproximación a la vejez; los que tienen poco cabello son mayores, viejos… ningún chico quiere ser como ellos, creen que la vitalidad acaba cruzando ese umbral.

¿Atrevimiento?

Son miles de cabellos con los que normalmente contamos, me refiero al pasado, por lo menos antes de los veinte o veinticinco. Perder una buena cantidad un día, al día siguiente y en los días que le siguen; si el cabello se aprecia, debe de ser una fatalidad. ¿Cómo llamarle a quien pierde algo todos los días, algo que se quiere? Perdedor y, específicamente: calvo.

No me gusta la palabra calvo, como digo, evoca una pérdida; pelón, que es de uso más corriente se aplica a cualquiera que tenga poco pelo, se lo haya rapado o incluso lo lleve muy corto.

Uno se mira al espejo desnudo pero ¿sin cabello? Sin cabello no, aunque hay tipos que andan por la calle sin él, hay tipos osados que se quitan algo que parecía inamovible.  Ya no es claro para mí pero creo que sentía respeto sin afabilidad por los rapados, vaya, sin condescendencia, esa debe de ser la oposición: quien causa pena y los otros, los rapados, quizá hasta respeto.

En algún momento, cuando mi condición capilar fue delicada —digamos escasa— supe de un tratamiento, había recomendaciones que afirmaban buenos resultados, había que raparse, no ligeramente con máquina, sino rasurarse. Claro que no era excesivo, lo consideraba un buen trato, sin cabello por corto tiempo para tenerlo por mucho más. Las pérdidas, aunque sean planeadas, enseñan.

Los rapados, más que los calvos, sentimos una complicidad cuando nos encontramos con otro igual, pero no es algo que nos haga hacer amigos, alguna vez uno me dijo, “¡Eh,  compadre, tú y yo usamos el mismo champú.” Nunca más he recibido comentario tan despreocupado de un igual. No existe un club de rapados, los rapados no somos amigos, puede que sea porque nos une algo no festivo, más bien, y aunque resuelto, es ligeramente trágico. Cuando nos encontramos con un rapado nos miramos discretamente en algo así como, “a ese buey se le ven más grandes las orejas”.

La abundancia de cabello enmarca a alguien sano, la raleza es como el símbolo de adolecer, un  daño, entonces, ¿somos los alopécicos enfermos? No lo creo, no lo sé y tampoco me importa mucho promover una defensa; he perdido, entre cabello y temores, la curiosidad por lo que piensan los que me miran, tuve cabello, pero no recuerdo con claridad la otredad de aquel entonces.

La primera vez que me rasuré la cabeza pude mirar mis cicatrices, las había olvidado, recordé cómo habían llegado, encontré un lunar del que nunca me había percatado, mide casi un centímetro, se encuentra en mi costado derecho; la desnudez no como exhibición pública sino como autoexploración y reconocimiento.

Pelón o rapado, me gusta, somos nosotros los que en algún momento capitalizamos una pérdida, nos quitamos de tonterías al dejar el culto o el pesar a la falta de cabello, nos manejamos con una practicidad de saber que, con viento, lluvia o después de caricias, todo sigue en su lugar.

A un podólogo le escuché decir que la gente se conoce por sus pies, sus zapatos, sus manos e incluso por su cabello ¿Y a nosotros los que no lo tenemos?  En el cabello se puede esconder: parte de la cara, las orejas, se da forma a una cabeza; el pelón está desnudo o casi lo está, apenas con una sombra de cabello en la cabeza deja ver lo que en otros nunca se observará. No es a mí a quien toca calificar la estética, sólo sé que hay sentidos trabados en esta dualidad; la desnudez natural, aunque sea la que da cercanía al cráneo, que socialmente parece un tanto contra natura, será ese juego, natural y al mismo tiempo extraño.

Es el cabello el complemento de la máscara, del disfraz, y ¿el rapado-pelón, no tiene mascara? Raparse también puede ser un disfraz, confunde al calvo con el rasurado-atrevido, pero el alopécico rapado no es un simulador, raparse es enfrentar, lo fácil sería mantenerse temeroso, agazapado cuidando lo poco que se tiene como si valiera.

No comparto la idea de que los calvos son tipos serenos y sabios, es interesante la argumentación al respecto por algunos literatos; personalmente no me interesa, repudio a los que hacen un elogio por defender  lo propio, como si al convencer al otro  consiguieran lo que no han podido en ellos.

La calvicie tiene otra dimensión, un poco más allá del pelo, pues, al llegar a ser tan importante para algunos, pone en juicio lo que en verdad vale, y no me refiero al accesorio-cabello: al que expone sus faltas no le pesan más.

Los rapados podríamos ser considerados sinceros, transparentes y… yo que al hablar de calvicie me resguardo en un manto de desnudez, como una contrariedad, renegando este cobijo.