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Divague: Revista de ensayo literario | Autopsia de un fantasma

Autopsia de un fantasma

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Por Enrique García Ugalde

Hace unos días V. llegó a la ciudad y nos reunimos para platicar durante toda una larga tarde. A diferencia de mis otros amigos, a V. no le interesa hablar de su vida personal: problemas, chismes, amoríos, rupturas, logros, etc., son temas banales y meros trámites que entorpecen la conversación. La mente y la boca de V. se vuelcan sobre lo mismo que hemos hablado desde los primeros días en la universidad: películas, libros, música y cómics. Para él, este tipo de pláticas son un asunto trascendental, incluso mientras más pasa el tiempo, la conversación se ha tornado más profunda y hermética, en especial de su parte.

Me siento sobrepasado y abrumado ante la infinidad de alusiones a capítulos muy específicos de la mitología griega y a caricaturas desconocidas de los noventa, me pierdo en sus interpretaciones del black metal noruego, me desconciertan sus análisis de Batman y Superman, y me cansa hablar una vez más del cine de Cronenberg. Lo que me lleva a pensar que existe un tipo de locura latente en V., un afán por desentenderse de la realidad o de aquello que es real para el común de las personas; él mismo me ha confesado su incapacidad para relacionarse con sus congéneres, a excepción de ciertos individuos entre los que yo soy uno de sus elegidos. El halago me resulta sospechoso: ¿soy igual que V. y no me logro dar cuenta?

En nuestra última reunión, V. habló incesantemente del simbolismo de los dibujos animados y yo me perdí en su oscura torre de Babel. La verborrea se convirtió en un alud que de súbito se detuvo para inquirir un «¿O tú qué piensas?». A decir verdad, estaba ausente de la conversación, así que dije lo primero que se me ocurrió: «Claro, lo mismo pasa con Gasparín, que es una representación de la soledad del hombre moderno… de la incomunicación, algo así como una versión de Antonioni para niños». V. celebró mi comentario con efusión y yo pude librarme de más interrogaciones.

Camino a casa seguí pensando en mi ocurrencia. Nunca me había percatado, de manera consciente, de lo trágica que es la historia de Gasparín, pero lo que me desconcertaba aún más era que la serie había sido creada como un producto destinado al público infantil. Si bien los cuentos de Andersen pueden ser tristísimos y algunos de Perrault y de los Grimm son bastante macabros y violentos no me generan el mismo impacto que la caricatura del fantasma amigable. Supongo que la distancia temporal vuelve esos relatos un tanto ajenos a mí ya que que no fueron parte de mi generación: crecí viendo la tele, no leyendo a los clásicos.

Ahora que mi cabeza se niega a dejar de rumiar alrededor de este personaje, me pregunto si soy la única persona que se toma en serio tal asunto. ¿Qué dirán mis conocidos si los interrogo sobre la cuestión del fantasma e insisto en profundizar sobre la importancia de ver con ojos críticos la creación de Seymour Reit y Joe Oriolo —sí, ya estoy buscando información y detalles sobre la génesis de la serie—? Lo más probable es que cualquier persona a la que le comparta mi gran descubrimiento lo tome como un chiste o un dato curioso, hasta el momento es un pensamiento que sólo he compartido con V., pero de él no me fío porque hacer este tipo de exégesis es parte vital de su existencia.

Es probable que sean contadas las personas que hayan dedicado parte de su tiempo a pensar en la trascendencia de esta serie animada. Sin embargo, estoy seguro de que el fenómeno Gasparín penetró en el inconsciente de todo televidente que mantuvo la mirada absorta en las peripecias de este héroe trágico. Ver a todo color cómo ese niño espectral y melancólico es rechazado episodio tras episodio debe ser un duro golpe en el interior de cualquier individuo en sus años formativos. Y es acaso la repetición del mismo argumento (aspecto propio de la gran mayoría de las caricaturas, pero que en Gasparín cobra una inusitada relevancia) lo que impacta de manera crucial, es un personaje condenado a no tener amigos, a ser un relegado de la sociedad. Su castigo es eterno, como el de Sísifo o Prometeo.

Ante la vergüenza que me provocaría ir con cualquiera de mis amigos y contarles mi descubrimiento, no me queda más que seguir rastreando en solitario el pesimismo del fantasma amigable. Si el paralelismo con la cultura griega pudiera resultar exagerado, tengo en mis manos una prueba contundente de los efectos del fantasma: Daniel Johnston.

Verano de 1983, Yip/Jump Music, track 5 «Casper the Friendly Ghost». La canción de Johnston es la síntesis del ser atormentado que todos vimos en pantalla alguna vez. En un inusitado momento de lucidez, este cantautor logró develar esa esencia pesimista que tanto me aqueja ahora. Basta ver una grabación en vivo de la canción para imaginar la repercusión que pudo tener la serie en un pequeño propenso a la esquizofrenia. Johnston sabe que él mismo es una versión de carne y hueso de Gasparín, él también es un marginado que no encuentra su lugar en un mundo que confina al encierro a los de su clase y por eso se embarca en la creación de un elogio al estandarte de los outsiders. Los versos con los que abre «Casper» se convierten en el lamento de un hombre perturbado que lucha en vano contra la derrota anticipada: «He was smiling through his own personal hell».

Y es que Gasparín es netamente un personaje moderno, sigue la escuela del sufrimiento que tanto se explotó en el arte del siglo XX y que perdura hasta la fecha. El dilema central de la caricatura, como le dije a V., es el mismo que llevó a Antonioni a dirigir su trilogía de la incomunicación. Jeanne Moreau y Marcello Mastroianni deambulan como ánimas en pena durante la fiesta de la fatua y lujosa élite italiana en la La Notte, donde son ajenos al mar de gente en el que están nadando. Al caminar se cruzan con infinidad de personas pero la ausencia del matrimonio es evidente, así como sucede con Gasparín, que nunca logra establecer comunicación con todos los personajes a los que intenta abordar, pues éstos huyen despavoridos al percatarse de su condición.

Las posibilidades son infinitas, no se reducen a un solo ejemplo. Gasparín bien podría convertirse en el hombre vuelto de espaldas ante la inmensidad del paisaje en El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich o encarnar al monstruo indolente que no derramó una sola lágrima por la muerte de su madre, en El extranjero de Camus.

 

Dediqué casi una semana a desentrañar la figura enigmática del fantasma que durante las mañanas de mi niñez moldeó la parte más fatalista de mi conciencia. Lejos de preocuparme el tiempo invertido en este ejercicio rebosante de futilidad, ahora me inquieta el porqué esta idea se incrustó en mi cerebro en los últimos días o, si ya estaba incubada en mi inconsciente, cuál fue la razón que la hizo asomarse a la superficie. Será que acaso la visita de V. y el exilio voluntario del mundo que tanto anhela me hizo pensar en mi condición solitaria. Si para V. el abandono de la realidad se ha convertido en su utopía, a mí me produce un pánico terrible. Sin embargo, ¿tomarse con tanta seriedad una caricatura no es un signo de mi gradual abandono de la cordura?