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Divague: Revista de ensayo literario | Aromaturismo

Aromaturismo

Aromaturismo

Fotografia de Fernando Osuna.

Por Debra Figueroa

Publicado originalmente en Proyecto Diez.

Una de las sensaciones olfativas más emocionantes es ésa en la que el aroma sostiene una relación de exclusividad con determinada posición geográfica. Y como podríamos decir que todo olor guarda una correspondencia particularísima con el sitio del que proviene, a esta condición habría que añadir la frecuencia con que el aroma se percibe: su permanencia podría acostumbrarnos a él y anular cualquier expectativa. El olor que para unos (los que lo huelen todo el tiempo) es monótono y común, para otros (los que ocasionalmente lo huelen), es extraordinario, especial.

Entiendo que a la señora de la cenaduría no se le antoje el pozole que prepara y cuyo aroma a todos encanta: lo ha olido toda su vida. Si los olores que consideramos agradables son capaces de repugnarnos luego de un tiempo, habría que pensar también en aquellos esencialmente repulsivos y eternos. Dudo, por ejemplo, que los pobladores de El Salto o Juanacatlán guarden una relación entrañable con el tufo envenenado del río Santiago, que los ha acompañado noche y día desde hace casi cincuenta años; o que la hediondez, también envenenada, que despiden los lixiviados de los basureros Hasar’s y Picachos entusiasmen a los habitantes de los pueblos de la barranca que bordea el mismo río.

Ni el delicioso aroma del pozole ni la fetidez de aquella inmundicia son interesantes para quienes los huelen siempre. Existen excepciones, claro: ¿quién se cansaría de oler el bosque, por ejemplo? Despertar ahí, cada día, es descubrir su aroma. Entonces, un olor es emocionante cuando no tenemos oportunidad de aborrecerlo, de acostumbrarnos a él o dejar de notarlo, y esa disposición es parecida a la de un turista, un turista de los olores.

***

Yendo con unos amigos, una vez en el DF, un taxista nos hizo bajar los vidrios al pasar por la Cervecería Modelo. Quería que percibiéramos el olor a cebada que rodea el edificio. Los tres preparamos nuestras narices para olfatear y cumplimos el capricho de nuestro guía. Aquella escena aromática no duró más de seis segundos, pero fue una de mis favoritas. En Guadalajara paso seguido por la misma cervecería; no es uno de mis olores preferidos, pero lo disfruto; ha adquirido para mí carácter arquitectónico: es un olor tan localizado, tan constante, tan predecible, que espero verlo cada que paso.

El que sí es uno de mis olores preferidos y por su antigüedad y significado emotivo se ha convertido en una especie de monumento, es el que despide la Chocolatera Ibarra. Es un aroma suave y complaciente, en el que dan ganas de concentrarse. La velocidad a la que avanza un camión o un auto por Mariano Otero contribuye al placer: no aparece de pronto, invasivo; es gradual y breve. El efecto Doppler de los olores, como sea que se llame, se da maravillosamente en este punto de la ciudad. Nos guste o no el chocolate Ibarra, sabemos apreciar esta cortesía involuntaria de la empresa. Curiosamente, la chocolatera se ubica casi sobre el límite de Zapopan, del lado de Guadalajara. Me gusta pensar que recibe o despide a quienes pasan por ahí de un municipio a otro; es, sin duda, un mensaje de bienvenida mucho más elegante que ese letrero verde que dice «Bienvenidos a Zapopan: tierra de amistad, trabajo y respeto».

Hay, sobre la avenida 16 de septiembre, un olor tan antiguo, conocido y característico, que podría reconocérsele carácter idiosincrásico: el de las donitas del Centro. Pese a que el aroma es muy dominante si fuera un ruido, sería chillante, resulta difícil saber de dónde proviene, qué lo produce. Cualquiera sospecharía que se trata de comida, de algo dulce, pero sin el letrero del negocio, «Nieves y Donas Fiestas», y sus más de sesenta años, tardaríamos mucho en ubicar la fuente de aquella fragancia: el Centro de Guadalajara es un lugar oloroso. Cosa rara es que, al ingerir las donas (amarillas, pequeñas y grasosas), éstas no sepan a lo que uno espera: no saben a lo que huelen ¿o a lo que se supone que huelen?. ¿De dónde viene el aroma? Al parecer, a nadie le importa.

Puesto que faltó aquí un montón de lugares apestosos en el mejor de los sentidos que dan personalidad a la ciudad, los entusiastas de los olores podríamos proponernos hacer, poco a poco, un inventario de ellos, una ruta de olores turísticos.