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Divague: Revista de ensayo literario | Alivianarse ante la mirada ajena

Alivianarse ante la mirada ajena

Mujer desnuda en Woodstock, c. 1969, anónimo, vista el 11/01/2014. http://earthlymission.com/woodstock-is-45-years-young/

Mujer desnuda en Woodstock, c. 1969, anónimo, vista el 11/01/2014.
goo.gl/6joIwx

 

Por Rodolfo Sánchez Gómez

A Israel, por las lecturas prescritas.

Hace algunos años, en un concierto de jazz que se celebraba en el jardín del Goethe-Institut, en Guadalajara, una amiga mía de pronto declaró que estaba tan a gusto escuchando aquella música que le darían ganas de desnudarse, pero que no se sentía lo suficientemente atractiva como para atreverse a hacerlo (la expresión que usó fue, palabras más, palabras menos, la siguiente: «¡Qué chido siento: si estuviera más buena, me encueraba!»). Pero por más que la lisonjeamos quienes la acompañábamos (ellos y ellas), el prodigio no se realizó.

La música, ya se sabe, es una suerte de droga auditiva cuyo componente rítmico lo mismo puede incitar a la guerra que, por qué no, al deseo de liberarse en público de las prendas de vestir. Uso un par de referencias anecdóticas más para documentar el fenómeno. Veamos.

El 11 y 12 de septiembre de 1971 se realizó el Festival de Rock y Ruedas en Avándaro, como llamaron sus organizadores a aquel Woodstock a la mexicana. Revistas amarillas, como la sanguinolenta ¡Alarma! (la del «Violóla, matóla y enterróla»), no dudaron en calificar al festival, simple y llanamente, como una «orgía de drogas y sexo». Y el pretexto principal para esta denominación lo encontraron en el hecho de que una chava, desde lo alto de una camioneta mudancera, en medio del frenesí musical y animada, seguramente, por quienes la rodeaban, decidió develar sus senos y seguir bailando en ese estado de gracia. La joven pasó a la historia con el apelativo de La Encuerada de Avándaro.

Por aquel entonces circulaba Piedra Rodante, un tabloide mensual funky, que fue una de las pocas publicaciones, de cualquier género, que hizo una reseña pormenorizada y desprejuiciada de lo acontecido en aquel encuentro de jóvenes jipitecas. Desde luego dio cuenta del acto de la atrevida jovenzuela y, en una entrega posterior, la entrevistó. Se llamaba Alma Rosa González, y era una adolescente regiomontana de familia bien. «La mota y el alcohol rolaron generosamente, pero Alma Rosa aseguró que nada de eso fue lo que le hizo quitarse la playera y soltar sus pechos al aire en lo más prendido del concierto. Fueron sus muy legítimas ansias de alivianarse, de ponerse a la hora del mundo». Aunque después se dijo que la entrevista habría sido apócrifa, lo publicado caló profundo en el imaginario colectivo.

Alma Rosa y el resto de los que estuvieron en Avándaro también atizaron el afán represivo del presidente Echeverría (Compañero que le diga María Esther), quien poco toleró en su sexenio cualquier tipo de manifestación juvenil, incluyendo a las publicaciones “onderas”.

¿Y qué fue de Alma Rosa?, ¿quién la volvió a ver? Por lo pronto, Álex Lora alardea que es suya:

Tengo una nena a todo dar
le gusta mucho rocanrolear y ella me
dice que me quiere y
que no hay otro como
yo y ella me confesó que
ella es la encuerada de
Avándaro de Avándaro

Un día de otoño de 1996, año en el que por fin conocí Londres, viajaba en el tube, y en el mismo vagón, muy cerca de mí, un grupo de jovencitas españolas reprendía a otra de ellas porque la noche anterior, en una fiesta en el apartamento de un amigo inglés que apenas conocían, se había desnudado frente a todos, al ritmo de la música. Yo era un testigo privilegiado del sermoneo, ellas daban por hecho que en aquel vehículo nadie entendería el español. La escuincla protagonista de la hazaña irradiaba picardía, no decía nada, pero las observaba con un gesto de superioridad, como consciente de haberse atrevido a hacer algo que sus amigas sólo desearon.

¿Cómo es que la música logra llevar a algunos a ese estado de euforia en el que la ropa estorba? Lejos de mí están los conocimientos que me permitan dar una explicación, y tal vez ahora sólo tenga el deseo de colocar en un solo sitio estas anécdotas, quizás por la similitud de circunstancias en las que ocurrieron los hechos que se relatan.