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Divague: Revista de ensayo literario | AHORA SÍ QUE CADA QUIEN

AHORA SÍ QUE CADA QUIEN

ahorasiquecadaquien

 

Por Eduardo Aguirre

AHORA SÍ QUE CADA QUIEN.

Supongamos, de entrada, que alguien reniega de las propiedades salutíferas del licuado de piña con pepino para la celulitis, o el de apio y betabel para el agotamiento, o del jugo de lechuga y ajonjolí para la depresión, o básicamente de cualquier asesoramiento médico de la garnacha callejera. Pero lo hace amparado en un mecanismo tramposo de deslegitimación: a saber, que la relación de una cosa con la otra —o, de plano, lo que sea con lo que sea— cuenta con una infinidad de posibilidades relacionales, de modo que una cosa no podría reducirse a otra exclusivamente: por ejemplo, la elección de un jugo de acuerdo a nuestro malestar sin antes considerar que dicho jugo podría estar en función, digamos, de la sed, de las frutas, del desamor o del aburrimiento.

AHORA SÍ QUE CADA QUIEN

Sí, ya sabemos que depende, que todo depende, que un asunto siempre depende de otro. Será mejor que la interpretación no dependa tantas veces, pues el empleo excesivo del término, más allá de enriquecerlo, entorpece el panorama. Contrario a lo que se piensa —contrario a lo que creo que piensa la gente que explota el verbo—, decir que un asunto depende no contribuye en lo absoluto a poner en entredicho una interpretación, pues así se usa, como irrupción a una aseveración expuesta. Decir que depende no hace tambalear ningún argumento, sobre todo si no se complementa con motivos por las que la cosa no es como uno dice que es. Decir que depende es un rechazo por corazonadas.

¿Y de qué depende? En realidad no depende de nada en particular: cuando en una conversación se decreta que eso que uno está diciendo depende, ya no es posible enterarnos de qué dependía; no queda más alternativa que el silencio, la charla ha terminado, caemos en cuenta que lo único que sostiene algo que depende, es que dependa de algo más.

En temas de opinión, en disputas subjetivas, en cualquier ocasión para el desacuerdo, establecer que eso depende es el límite de las cosas. Es el final y la vuelta al principio, ya que desde el inicio, desde antes que uno empezara con diatribas, el asunto ya dependía. Indicar que depende es hacer saber que el conocimiento tiene ramificaciones,

huecos, bifurcaciones. Ahora bien: cuando las interpretaciones terminen, cuando llegue el momento en el que a alguien ya no se le ocurra para qué más pueda servir el jugo verde, incluso en ese momento, el asunto tampoco va a dejar de depender, pues ahora dependerá de todos los motivos y razones por los que había dependido previamente.

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La cuestión es que no sólo depende: depende de cada quien. Entonces se abre otra brecha inasible: ni sabiendo cómo es que depende, o de qué o por qué, atinaríamos certeza alguna. Las justificaciones que acaso pudieran surgir seguramente también dependerán de otra y de otra y de otra cosa. Así funciona la trampa, como si en cada depende de cada quien habitarán todas las excepciones del universo.

Dado que es imposible comprimir una interpretación única a un fenómeno —sean los jugos, sea la preferencia por un equipo de futbol, sea por la existencia de los milagros, sea por el destino, sea por cualquier cosa, tema u opinión—, aseverar que algo depende representa abrir todas las posibilidades en una sola palabra, ésta, que depende, que todo depende, porque arribado este instante la relación de todo con todo sucede. De ahí que aprovecharse del verbo entraña estrictamente un berrinche, una pataleta simplona que busca el tropiezo de la charla.

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Ninguna conversación inicia señalando que lo que sea que está por conversarse depende. La esperanza, puesto que se conversa, es precisamente que ninguno de los interlocutores sea orillado a disparar el primer depende de cada quien. Así, para cualquier oportunidad que se tenga de convencer a alguien sobre algo —un debate cotidiano, la defensa de una acusación, el gusto razonado—, que eso dependa es el fracaso de la persuasión. Se trata de una de las tantas maneras del bostezo: la señal de escepticismo y aburrimiento de los buenos modales.

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¿Qué sigue tras un depende de cada quien? Lo que sigue es asentir y estar de acuerdo, pues no hay más; es dificilísimo aseverar lo contrario. Tan pronto el asunto depende hace gala la única certidumbre de la época. No hay chance de reformular la realidad. Es la huida y el retorno al lugar común: «cada cabeza es un mundo»; «vayámonos caso por caso»; «quién sabe si en México suceda así»; «aunque, te diré…».

Decir que depende es una paradoja: por un lado apela a la particularidad por sobre todas las cosas —pues depende de cada quien—, y al mismo tiempo, no obstante, rechaza que aquello a lo que se le aplicó un depende provenga de una de las tantas personas que lo hacían depender. Decir que depende es quitarle la singularidad a un acontecimiento y depositarlo en otro. Así, por ejemplo, si alguien tuviera el atrevimiento de aseverar que no hay que confiar en las pelirrojas debido a que portan los colores del infierno, y a eso se atesta con que depende de los gustos de cada quien, automáticamente estamos excluidos de dicho muestreo.

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Somos proclives al júbilo que da coincidir con alguien en que un asunto depende. Del instinto de verdad nace la voluntad de que haya paz.

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Además de las terribles obviedades que engordan el verbo —sospechas perpetuas, tomaduras de pelo, ínfulas sabelotodo: vaya, que eso a lo que nos referimos no siempre es así—, denunciar que algo depende es principalmente un acto de intransigencia. Una concepción más bien borrosa de que hay otras posibilidades a la presunta irreductibilidad del otro. A fuerza de repetición, invocar que algo depende pasa de gesto a postura.

AHORA SÍ QUE CADA QUIEN

Si de todas maneras vamos a concluir que depende, lo mínimo sería demorar su aparición. Pese a que todos sepamos de antemano que lo que estamos por decir depende, y que depende de cada quien, ello no significa que debamos reservarnos la satisfacción de hacer parecer como si no lo hiciera. Eso es el ensayo literario.