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Divague: Revista de ensayo literario | A la fila

A la fila

Sin título-Sin autorPor Debra Figueroa

Me avergüenzo de aborrecer mi sentido de la justicia, y más cuando mis motivos son tan burdos como el temor a derretirme esperando o a no alcanzar lugar en el camión. Mientras me retuerzo, admiro el descaro con que esas arpías obtienen –imponen– beneficios para sí con su calidad de mujer como bandera de dignidad que, todos sabemos, descansa en el reconocimiento de su jodida vulnerabilidad instruida, hipócrita, convenenciera y chantajista, capaz de convertir a los justos en caballeros. Me repugnan ésas que corren a amontonarse en la puerta en cuanto el vacuno se detiene en la parada y trepan como ganado alborotado sin reparar en quienes hemos aguardado desde mucho antes. (Luego de la tentación que significa remedar tal ligereza por las comodidades que implicaría el desvergonzado acto, pienso que no quiero ser una sinvergüenza, porque es posible que yo misma esté hecha de vergüenzas, que mi esencia descanse en el hecho de que me da pena casi todo). No me opongo a la cortesía ciega, ni siquiera a la que es parcial; simplemente desearía que tuviéramos el buen gusto de otorgarla o merecerla con la intención, siempre presente, de que los desplazados hacia atrás o hacia delante fuéramos sólo los involucrados en el acuerdo.

Qui prior est tempore, potior est iure: «Quien es primero en tiempo, tiene preferencia en derecho», puede leerse en las Reglas Primeras del Corpus de Derecho Canónico. Actualmente esta norma encuentra proyección, de manera jurídica, en asuntos de venta doble o adquisición. Pero para referir a este principio de prelación y de manera particular a las filas que gobierna, no es necesario tener a la mano el Reglamento del Registro Público de Propiedad. Basta recordar nuestras esperas para notar que las filas están en todas partes y que, por más que nos disgusten y aunque las evadamos de vez en cuando, existe en nosotros una disposición muy primitiva a procurarlas, a someternos a su despachador numérico. Nuestro propio organismo sirve como referencia: hay algo de escatológico en la premisa «Primero en entrar, primero en salir». Como funcionalistas entusiasmados con las analogías, nos organizamos con una prioridad similar a la de la naturaleza: somos primavera, verano, otoño, invierno.

Según el DRAE, fila significa «Serie de personas o cosas colocadas en línea»; línea, «sucesión de personas o cosas situadas una detrás de otra o una al lado de otra»;  y espera, «calma, paciencia, facultad de saberse contener y de no proceder sin reflexión». Luego de leer esto, «fila» y «línea de espera» no parecen conceptos intercambiables. De cualquier modo, el humor del que se forma no es relevante para la fila mientras éste no interfiera en el desplazamiento de los otros; el inconforme puede gritar y hasta marcharse si lo desea. El que hace cola debe saber que existen la prelación y la prioridad. Vuelvo al DRAE: prelación significa «Antelación o preferencia con que algo debe ser atendido respecto de otra cosa con la cual se compara»; prioridad, «Anterioridad de algo respecto de otra cosa, en tiempo o en orden». Cuando nos formamos, los números ordinales se regocijan y nos representan: primero, segundo, tercero, cuarto…

Las filas pueden observarse también, de manera muy especializada, en el desarrollo informático e ingenieril. La Teoría de colas es una herramienta matemática que permite estudiar y regular el ingreso de los usuarios de un sistema. Entre los modelos de ordenamiento que atienden a la disciplina de la cola, uno de los más utilizados es el First In, First Out (FIFO), que obedece al orden de incorporación de los usuarios y da prioridad al primero de ellos; cuando éste es atendido, el siguiente en acceder al servicio es el segundo, y así consecutivamente. Hermoso. Quizá esta noción de prelación sea una de las herencias más valiosas del Derecho romano a las burocracias modernas. La nuestra, pese a sus deficiencias, es una de ellas, pues advierte en su composición y sus normas la racionalización de las tareas administrativas. Su optimización podría asemejarla a la burocracia típica ideal de Weber: «…superior a cualquier otra forma [de organización] en precisión, en estabilidad, en el rigor de su disciplina y en su fiabilidad». La relación entre las burocracias, el principio de prelación y las filas se encuentra en la atención que las primeras brindan a sus clientes. Durante nuestra vida pasamos por cientos de administraciones: hacemos registros, actualizaciones, pagos, renovaciones… La tramitación nos exige acordar citas o presentarnos con antelación; todos sabemos que estos procesos llevarán más tiempo cuanto más tarde los iniciemos, y viceversa.

Romper filas

Me avergüenzo de alabar las filas. Me incomoda muchísimo verme a disposición de la norma; desearía que mi verborrea guardara un trasfondo anarquista. Podría, ahora mismo, tratar de proclamar el carácter libertario de la cola de las tortillas. Hablaría de la necesaria, inevitable y visible burocratización de las pequeñas sociedades ácratas; podría decir, también, que las filas enaltecen la aleatoriedad (¡anarquía!) al exhibir de manera inteligible confluencias azarosas, o lo que sea: que son un elogio del desmadre. Algo así sería. Tal vez así sentiría que me traiciono menos. Ya vueltos hacia esta perspectiva, ¿tan difícil resulta admitir el espíritu transgresor de las filas?, ¿no es clara su rebeldía ante el desorden institucionalizado?, ¿es más fácil entregarse al tedio y la impaciencia?

Me rindo. (Ahora creo que es por mi ánimo exotista, a veces incontenible, que las hallo deseables. Pero el exotismo es falta de vergüenza, y yo no quiero ser una sinvergüenza).