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Divague: Revista de ensayo literario | Pasos previos a las visiones del futuro (Pieza cursi)

Pasos previos a las visiones del futuro (Pieza cursi)

Escritura-Gabry Cano López

Por Darío Carrillo

Para i

Cuando no está repleta de seres espantosos y dolores inenarrables, cuando tenemos la dicha de no suponer que el mejor lugar para vivir es debajo de una mesa, la memoria suele ser un espacio ideal para reinventarnos en arrebatos de cursilería. Para estas lides, como dice la canción, sigo siendo el rey.

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No sé si los recuerdos habiten nuestra mente en archivos clasificados con alguna lógica extraña. A veces, más por ocio que en un afán de dilucidación filosófica, imagino mi cerebro como una enorme biblioteca cuya estantería no tiene aún demasiados volúmenes y, sin embargo, cuenta con la suficiente información como para poner en apuros a un, hipotético también, despistado encargado.

¿Cómo clasificar un acervo donde igual aparecen los libros ilustrados por Rius que las tardes jugando “bote pateado” con los vecinos de la infancia? ¿Dónde acomodar la imagen de mi madre bañando un gato callejero o los primeros trayectos en bicicleta para aventurarnos en el barrio en compañía de mi hermano? ¿Junto a qué archivar los abrazos paternos? ¿Y los regalos de los reyes magos? ¿La forma de sus ojos, el brillo de sus ojos, mi imagen en sus ojos?

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Al parecer es más creíble, aunque poco empata con la imagen borgesiana que me gustaría tener de mi memoria, que mi cabeza se asemeje más a una covacha donde igual hay cajas con objetos queridos, estorbosos, ignorados o simplemente basura que por olvido o desidia no he colocado en mejor sitio.

Más que encontrado, me hago consciente de la existencia de algún recuerdo cuando éste parece enredarse en mi camino. No suelo ir en búsqueda de la remembranza. No soy por vocación proclive a la nostalgia y, no obstante, a menudo me descubro enredado en las evocaciones.

La contemplación de un bicho trae a mientes al patrón de mi primer trabajo. La calidez del sol, a un cantante de mediano talento y mucha fama. Las zonas arqueológicas, un poema de Octavio Paz. Las formas de una nube, la deliciosa turgencia de unas nalgas…

Más allá de algún posible proceso metonímico que pueda explicar la aparición espontánea de algunas de estas imágenes, las reminiscencias no parecen cumplir casi nunca con un patrón específico. No surgen como pares de un juego de memorama en el que la imagen de una pelota recupera del pasado algunas escenas donde otras pelotas tuvieron una importancia significativa. Un cántaro puede empatarse con una resbaladilla, la resbaladilla con una canción de Manu Chao, el cantante francés de origen español con los ríos de México, el Lerma… con el contorno de sus ojos, el color de sus ojos, la dirección de su mirada.

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La memoria, al menos en mi caso, es un juego de azar. No entiendo los puentes que se cruzan entre una alusión y otra. Las divagaciones entre un tema actual y algo vivido en el pasado. Los saltos entre un recuerdo y la imagen presente poco abundan en el descubrimiento de una verdad que pueda ser útil de manera recíproca. Por el contrario, pienso que la dispersión, el fragmento, es la tónica fundamental de aquel que rememora.

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El que recuerda, sin embargo, parece movido por una fe poderosa: si hay evocación es porque todo sucedió de tal manera. “Yo lo viví, yo estuve ahí, nadie me lo contó”, nos dice subiendo el tono y sin despegar la vista.

El pasado, vaya perogrullada, no existe en ningún sitio. Parece haber en nuestro cerebro una mezcla de químicos que, mediante cierto impulso eléctrico, nos proyecta la ilusión de haber vivido algo. Una marca, apenas, es el material para asirnos de la nada.

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Hace un par de semanas, tal vez un poco más, que eso de la memoria es engañoso, nos encontramos en casa y, como no queriendo, tocamos el tema de unos poemas míos escritos hace años, quizá un lustro. Pensé que algo de rubor le causarían aquellos versos a pesar de haber pasado el tiempo, no sé cuánto.

Ella me preguntó si todavía tenía contacto con aquella chica. Me refirió una historia que al parecer le había contado sobre una musa y la creación literaria. Algo de aquella explicación me pareció familiar. Unas historias explican con detalle otras y terminan sobreponiéndose perdiendo sus límites. Ahora, independientemente de lo que haya sido, estoy seguro de que en cada línea se encuentran sólo sus ojos.

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La letra escrita es para algunos la prueba fehaciente de su paso por el mundo. Documento  indiscutible de tener en su poder la verdad a pesar de que esta sea oscura. Las palabras se transforman en amuletos que otorgan seguridad, que brindan la sensación de controlar el juego aunque nunca en realidad se esté seguro de cuáles son las reglas.

Los signos, sin embargo, más allá de su intrínseca polisemia, siempre están sometidos a la interpretación de quien se acerca a ellos. En el lector se encuentra la luz para vislumbrar, a veces, la poesía. En él también está la capacidad para ensuciar o distorsionar el mensaje.

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Según Nicholas Carr, a la luz de los más recientes descubrimientos de la neuroplasticidad, “cuanto más se concentra en sus síntomas una persona que sufre, más se le graban los síntomas en sus circuitos neuronales. En el peor de los casos, la mente en esencia se entrena para la enfermedad”[ref]Nicholas Carr, Superficiales, Taurus, México, 2011.[/ref]. De ahí que no exista el apartado número ocho que, intuyo, deformaba lo que realmente sucedió cuando ella comenzó a mirar en dirección contraria.

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“Alguien que no tiene memoria desarrolla visiones del futuro”, señala el protagonista de la novela Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga. Es posible que lo mejor sea vaciarme de recuerdos. Esperar a volver encontrarme en su mirada y olvidar todo lo demás.